Tres provincias petroleras, dos narrativas y la profecía Yamani



 
Ahora los herederos de la Anglo-Persian vuelven sí. Bajo otras condiciones pero vuelven

En el mundo hay tres zonas ya exploradas que requerirán el auxilio permanente de toda la industria petrolera. 

Siempre nos concentramos en las zonas por explorar o los nuevos prospectos pero pocas veces fijamos la atención en las viejas provincias petroleras con un potencial cada vez mayor gracias a la innovación tecnológica. 

Estas provincias son: 1) Nafta (Canadá, EEUU y México), 2) el arco caribeño (Colombia, Venezuela, Trinidad y Tobago y Guyana) y 3) El eje Irán-Irak.

De la misma forma, han existido 5 obstáculos que han evitado una mayor y mejor explotación de estos recursos: 1) el rentismo petrolero, 2) la debilidad institucional, 3) el nacionalismo, 4) la tecnología disponible y 5) la geología. 

De las cinco, solo podemos controlar las cuatro primeras y siempre en función de las bondades de la geología. En torno a esas cuatro hemos construido dos narrativas: A) la gestión privada y competitiva de la industria y B) el nacionalismo rentístico como marco de gestión.

Irán por ejemplo ha dejado de obtener 160.000 millones de dólares por concepto de exportaciones petroleras por el mero hecho de jugar con la segunda narrativa.

Venezuela ha incurrido en lo mismo pero otros socios OPEP han hecho todo lo contrario. Sin dejar de aprovechar la renta petrolera, han potenciado otros sectores de sus respectivas economías y se han preparado para capturar el mayor volumen de negocios basándose en el criterio de la transferencia tecnológica para explotar sus recursos. 

¿Para qué entorpecer el trabajo de las petroleras si algo hay algo que sobra ahora son empresas talentosas con ganas de hacer su trabajo y facturar?

La narrativa nacionalista con las siete hermanas y el imperialismo en el medio (cierta en su momento), ha ayudado a configurar marcos de decisión influidos por sesgos de disponibilidad y analogía muy potentes de generación en generación.

A estas alturas suban o bajen los precios petroleros gana el que tenga más capacidad de producción y para lograrlo se requieren fuertes inversiones y la mayor actualización tecnológica posible. Ambas necesidades no se contraponen con los requerimientos tributarios si las instituciones a cargo saben llevar la fiesta en paz dentro de sus sistemas hacendísticos. 

El desarrollo de la provincia Nafta está servido. México ha decidido abrir sus puertas a la iniciativa privada. Ciertamente los precios afectarán y un cambio de gobierno puede hacer retroceder esta iniciativa pero allí se está entrando, no sin contratiempos (las últimas rondas no han funcionado), para activar los yacimientos aguas profunda. Esa era la pieza que faltaba para activar al Nafta en su totalidad. Desde Canadá pasando por el Golfo de México veremos un tejido consolidado dispuesto a explotar todo su potencial y tendrá un rol protagónico hasta el año 2030.

En el arco del Caribe el asunto es más complejo porque al igual que en el caso de Oriente Medio, se viven con fuerza las primeras cuatro variables obstaculizadoras, sobre todo en Venezuela. Desde Colombia hasta Guyana la existencia de múltiples cuencas onshore y offshore exploradas y por explorar indica que lo más racional sería atar esfuerzos entre los gobiernos para integrar toda la iniciativa privada a la estatal y sacar el mayor provecho a los hidrocarburos. Un tejido orientado a extraer la mayor transferencia tecnológica posible y armar un capital nacional privado que se prepare para explorar otras regiones a escala global debería ser un objetivo claro. Colombia ya ha exportado talento y empresas. Venezuela ha hecho otro tanto (voluntaria o involuntariamente), así como Trinidad y Tobago. Pero entre el proceso de paz de Santos con sus resultados en ciernes y el nacionalismo chavista desintegrador de un marco propicio (más por el caos que genera a escala administrativa), para la explotación de sus propios recursos no ayudan en nada la colocación de más barriles a un mercado ahora no sediento pero cada vez más competitivo. Como si no fuera poco, ahora Guyana explota recursos en zonas de reclamación de Venezuela y ambos países levantan las banderas del nacionalismo por un recurso que podría perfectamente compartir o explotar en conjunto.

Por último, la mejor perspectiva en este momento no está en estas dos regiones mencionadas sino en el eje Irak-Irán. Entre ambos hablamos de casi medio billón de reservas probadas de petróleo a bajo coste a mitad de camino de Occidente y Oriente. Ambos se están preparando para abrir campo a más empresas privadas operadoras o de servicios para ampliar su capacidad de producción. Se estima que Irán necesitará cerca de 100.000 millones de dólares para activar y modernizar su industria para llevar su capacidad de producción a más de 6 millones de barriles diarios. Irak necesita 75.000 millones de dólares para un cometido similar. Y ciertamente Arabia Saudita se preocupa porque le han pillado el juego. Los sauditas no han dejado de invertir en capacidad de producción y están llegando a un límite en sus yacimientos de bajo coste. Irán e Irak están aún lejos de colmar su potencial. Ahora que se han visto los resultados de varios shocks petroleros y la gestión que del último han hecho los sauditas, tanto iraníes como iraquíes no están dispuestos a correr con el mismo error. Qué duda cabe que el principal beneficiario de las guerras y el nacionalismo que ha asolado a ambos países han sido los sauditas. No es el programa nuclear lo que le preocupa sino el fortalecimiento de dos industrias con un potencial capaz de hacerle contrapeso en los próximos 30 años.

Los sauditas saben desde hace tiempo que la era del petróleo no se acabará por falta de petróleo. Por ello han hecho lo posible por limitar la capacidad expansiva de otras industrias. Lo lograron con Venezuela sin mucho esfuerzo al colaborar con el reforzamiento del discurso nacionalista en dicho país. Los asesores de muchos gobiernos venezolanos han sido pagados directamente o indirectamente por Aramco y en lo posible han revitalizado la narrativa nacionalista y rentista creada por los mismos venezolanos en los 50 (con el objetivo concreto de neutralizar a los árabes en aquella época), para convencer a estas nuevas generaciones de venezolanos con bajo nivel de preparación estratégica de permanecer bajo la narrativa nacionalista rentista. En otras palabras, el mundo árabe le ha devuelto el favor. Los venezolanos sean de oposición o del chavismo están a todas luces perdidos en política petrolera. Apuestan al rentismo y con ello al debilitamiento de su industria y benefician al final a los sauditas y otros competidores o socios.

En la práctica, una combinación inteligente de las dos formas de ver el mundo petrolero es la que mejor resultado ha aportado. Ningún Estado puede darse el lujo de prescindir de la renta petrolera pero, como es sabido, existen sistemas tributarios inventados desde hace mucho tiempo que evita que las torpezas políticas sean transferidas a un negocio tan “simple” como el petrolero.

Nafta se proyecta positivamente, Iran e Irak, si mantienen su ritmo, aún con todas sus vicisitudes geopolíticas (que no son baladíes), podrían apalancar a sus respectivas industrias e incluso integrarlas de cara al Atlántico y al Pacífico y el arco del Caribe, podría hacer otro tanto si el rentismo político de Venezuela cede un poco a la narrativa de la expansión privada. 

Si estas tres provincias se expanden, junto al potencial ruso, la profecía de Yamani se cumpliría para dolor de los sauditas. Y esto podría ser posible en el plazo de 20 años. Antes, muchas constelaciones petroleras tendrían que alinearse y la tecnología podría expandir aún más estas posibilidades.

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